Desconexión

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Cuatro y treinta minutos, anunció estruendosamente el despertador resonando por todo el dormitorio, sin dificultad alguna lo encontró y lo logró silenciar. Un pie tras otro tocaron el suelo y sintió cómo se transmitía a través de sus medias blancas, tan blancas como la camisa de un niño que va por primera vez a la escuela, el frío que allí residía. Estiró sus brazos hacia el cielo mientras se levantaba y se dirigía a la cocina. Al llegar se removió el cabello, encendió la laptop y aún con sus ojos entrecerrados como lo hacía todas las mañanas conectó la cafetera y agregó tres cucharadas de café.

Era demasiado temprano para ver el sol, más aún, cuando se tienen persianas de madera tan gruesas, regreso a la habitación y dejó con cuidado su pijama sobre el cajón en el que guardaba su ropa interior. La camisa sobre el pantalón como de costumbre, era un hombre que disfrutaba del orden. Se dirigió a la ducha solo acompañado de sus boxers y medias, prendas que abandonó en la canasta de ropa sucia.

Una ducha de agua fría que no tardó más de cinco minutos le permitió abrir los ojos completamente como también limpiarse la cara, cerró la regadera y se lavó el cabello como todos los martes, de nuevo abrió la regadera, se quitó de sí todo el jabón que encontró. Usaba bata aunque hace ya mucho tiempo vivía solo, y así, se fue por una taza de café que sincronizada casi de forma milimétrica dejaba caer sus últimas gotas dentro de la jarra; Se la llevó hasta la habitación, la puso en el nochero donde estaban sus llaves junto al móvil, bebió el café con calma para no manchar su ropa o la alfombra, se bebió el último sorbo al terminar de anudarse la corbata como si se tratase de una recompensa por lo bien que lucía su reflejo.

Tomo las llaves y su teléfono, los puso en sus bolsillos, comprobó en el camino comprendido entre la habitación y la sala que todo se encontrase en su lugar, aunque era virtualmente imposible que algo hubiese cambiado de lugar era un hábito que cargaba de hace años. Se puso frente a la computadora donde verificó su casilla de correo para encontrarse con que no tenía nada que leer. Apago la computadora, cerró con llave la puerta de su apartamento, descendió por el ascensor con otras dos personas que vestían trajes de oficina, al igual que él. Tomo el autobús en la esquina a la hora exacta ya este se encontraba lleno de personas que se dirigían hacia sus labores temprano en la mañana, el sol no había cruzado el firmamento por lo que las luces de la avenida eran las encargadas de iluminar el camino. Descendió del autobús en la parada de siempre con otro grupo de personas que trabajan en edificios aledaños al suyo, nadie pronunció palabra aunque caminaban unos junto a los otros. Esto no era ninguna novedad, pero esta mañana le había resultado demasiado incómodo, con esta extraña sensación recorriendo su cuerpo los observo a todos para buscar empatía en alguien y cruzar un simple —Buen día—, no era algo que hubiese hecho antes, jamás había entablado una conversación con un desconocido, pero algo le oprimía el corazón. No consiguió que nadie le cruzará la mirada, lo cual le resultó especialmente extraño, parecía que nadie que no fuese él mismo notase su presencia. Intentó ponerse frente a un tipo que vestía un traje de color gris pero este sin siquiera parpadear lo rodeó y continuó su camino, —¿Qué está pasando?— se preguntó perplejo, pero su reloj le anunció que debía estar en diez minutos en su cubículo razón por la cual sacudió la cabeza intentando olvidarlo todo y retomó su camino.

Entró al edificio junto con sus compañeros y como siempre se dirigieron por turnos un breve saludo en el cual se deseaba que tuvieran un buen día, nunca lo había notado pero no tenía amigos en aquel lugar.Tenía un par de personas con las que dialogaba en sus descansos para tomar café pero jamás se encontró con ninguno de ellos fuera del edificio o les había telefoneado, ni siquiera estaba seguro que tuviese sus números telefónicos y empujado por extraña idea se detuvo en medio de la recepción y tomó su teléfono celular para encontrar una respuesta a la duda que le invadió de tan espontánea forma. El guardia de la recepción que normalmente concentraba su mirada en las pantallas que enseñaban las imágenes de quienes ingresaban en el edificio ahora la tenía fuertemente fijada en él, en cada movimiento suyo, cada respiración, cada parpadeo, como si intentará penetrar su mente con tan fuerte mirada.

Alguien le golpeó el hombro lo que provocó que su teléfono se le escapará de las manos, extendió su brazo para cortar la marcha de quien le había empujado y reprocharle su falta de cortesía al no disculparse, pero el individuo continuó su marcha con indiferencia vistiendo su traje gris con dirección hacia el ascensor. El vigilante lentamente y sin quitarle los ojos de encima se movía para abandonar su escritorio, él se acercó para recoger su teléfono y al levantarse del suelo noto que el último grupo de personas ya estaba esperando para tomar el ascensor, camino hacia ellos con paso presuroso mientras entraban en el ascensor, nuevamente fue invisible para los demás, pues aunque movió los brazos intentando que alguien detuviera el ascensor nadie hizo caso de su anuncio y las puertas se cerraron a solo un par de pasos suyos. Se detuvo frustrado sabiendo que debería esperar otro ascensor y abordarlo en solitario, giró instintivamente su cabeza hacia atrás y notó que el guardia de seguridad no estaba en su escritorio sino que se encontraba en medio del vestíbulo sosteniendo su teléfono y le seguía observando fríamente, se preguntó si había olvidado tomar su teléfono del suelo, creía haberlo hecho pero la vista era tan real como la sensación de vacío que sintió al meter su mano en el bolsillo y no encontrar nada. Por un momento se sintió bastante sorprendido, estaba seguro de haberlo tomado, pero si fuese así como lo podría tener el vigilante sin haberse acercado siquiera un poco, —Gracias, casi lo olvido— anunció con voz suave y tímida, el hombre no pronunció palabra, se encontraba tan inmóvil que ni siquiera parecía respirar, de forma inminente el miedo empezó a gestarse en su cuerpo, hace mucho tiempo no se sentía así, realmente jamás se había sentido así. Sin voltear dio un paso atrás y empezó a presionar los botones para que el ascensor llegase, oprimía una y otra vez los botones como si esto ayudara a que el ascensor llegase más pronto, el miedo que le generaba aquel hombre no tenían comparación.

El ascensor arribo, pero las puertas que se abrieron no eran las que estaban en su espalda si no las pertenecientes al otro ascensor, jamás usaba dicho ascensor, cuando lo pensó un poco no recordaba concretamente que ese ascensor estuviese allí, pero no era nuevo, solo él no se había percatado antes de que estuviese allí. Dio largos pasos hacia este sin quitar la vista del jefe de seguridad que aún tenía su teléfono, quien a su vez tampoco dejo de mirarlo. Se fijó en el teléfono mientras entraba en el ascensor de espaldas, podría haber sido importante recuperarlo de no ser porque ya había podido comprobar que solo tenía el número de sus padres, el de la oficina y el restaurante de comida china al que llamaba cada viernes en la noche para no preparar la cena. ¿No conocía acaso a nadie más? no podía recordar ningún otro número de teléfono que alguien le hubiese dado antes. Subió pronto en el ascensor y presiono rápidamente el botón para cerrar la puerta hasta que la visión que tenía del guardia desapareció entre las dos láminas de metal. Por un momento se preguntó a qué piso ir, debía ir directo a su puesto pues el reloj le reveló que llevaba veinte minutos de retraso pero esto sólo aumentó su deseo de ir a otro lugar. Presionó el botón que le llevaría al último sótano para estar solo por un momento y despejar su mente antes de iniciar sus labores, en el peor de los casos encontraría solo un par de personas aparcando sus autos. Cuando las puertas se abrieron se presentó ante él un amplio estacionamiento vacío, no había un solo auto o persona allí. Tal vez sus compañeros no tuvieran un auto pues su sueldo no era exactamente elevado, pero ¿Y sus superiores? también usaban el autobús como lo hacía él, le pareció vislumbrar en un vago recuerdo de haberse encontrado al jefe de personal. Cerró el ascensor y subió a los otros dos sótanos pero no encontró diferencia alguna.

Cuando llegó al primer sótano, el que se encontraba justo bajo el vestíbulo todo lucía igual a los demás, pero al agudizar un poco más la vista pudo ver que en medio del lugar estaba el hombre del traje gris y el vigilante, ahora sin su teléfono, le observaban inquisitivamente, estaban completamente inmóviles como si el tiempo a su alrededor se hubiese detenido, sintió como la temperatura dentro del ascensor descendía lentamente, empezaba a notar como las paredes metálicas se enfriaban cada vez y le provocaba una fuerte sensación subiendo por su espalda. Justo en el momento que noto que dejaba de hacerse más frío pudo ver como ambos hombres se acercaban al ascensor tenían la mirada vacía pero de alguna forma que no comprendía sentía como si tuviese sus ojos justo sobre él y pudiesen notar con total plenitud la gota de sudor frío que empezaba a deslizarse por su frente, al mismo tiempo que esta se hacía perceptible noto como aumentaba la velocidad con que aquellos hombres se acercaban más a él. Nuevamente sintió como si el aire se comenzase a helar más y su reacción fue presionar compulsivamente el botón que cerró la puerta y le dio una ligera sensación de seguridad, para su desgracia esta sensación sólo duró un instante pues el ascensor emprendió su camino hasta el cuarto piso. Sintió una ligera sacudida que significaba que las puertas se abrirán y alguien entraría, fue una mujer vestida como todas las demás que había visto ese día e igualmente también tenía una mirada que se perdía en el espacio, se ubicó en la parte posterior y cuando se detuvo el sonido mecánico inicio de nuevo llevándolos al quinto piso, luego sexto, séptimo, octavo y noveno piso; en cada piso había abordado dos personas más y cuando el ascensor pretendía seguir su ascenso saltó la alarma de sobrepeso, todos giraron su cabeza y le miraron, —¡CLARO! Ahora si dejo de ser invisible— pensó mientras se limpiaba el sudor que ya se amontonaba  en su frente. Descendió del ascensor no muy a gusto pues allí había encontrado algo de seguridad, pero toda ella desapareció cuando alguien presionó el botón que obligaba a que las puertas no se cerraran, todo empezaba a no tener sentido, primero le insinuaron que bajara y ahora no iban hacia ningún lado.

Se alejó lentamente de ellos pues el miedo que hace unos minutos había sentido volvió a pegarse a sus huesos ahora con una intensidad aún mayor, todo era una locura, dudó que fuera un sueño pero el dolor que sintió al apretar sus llaves fue real. Nadie en el ascensor se movía, pero tampoco hacían que la caja de hierro helado se moviera, el silencio solo duró un par de minutos pues se escuchó el sonido mecánico del otro ascensor que llegaba a ese piso y cuando las puertas se abrieron lo que vio en el fondo de este no hizo más que aumentar el miedo que ya le helaba la piel, estaban en este el guardia de seguridad y el tipo del traje gris. Nadie se movía, nadie pronunciaba una sola palabra, solo estaban allí observando el espacio ocupado; intentó gritar —Lárguense de aquí, déjenme tranquilo— pero de su boca no salió ningún sonido. Todos giraron sistemáticamente la cabeza hacia la ventana más cercana, era un gran ventanal que iba desde el suelo hasta el techo del pasillo cubierta por una persiana blanca en su totalidad como todas las demás ventanas del edificio, repitieron el movimiento posando la vista en él y luego en la ventana. En su cabeza se empezó a formar una extraña idea cuando el movimiento se repitió por tercera vez; parecía una invitación a que saltara, no tenía ninguna seguridad de que fuese esa su intención pero a cada segundo que transcurría la idea se hacía más recurrente en su cabeza, cada vez más impulsiva y decidida. Miro la ventana lleno de terror mientras sus pies se ponían uno delante del otro, pero cuando estaba a mitad de camino sintió un cambio en sus espectadores y notó que ahora todos sonreían de forma idéntica, una sonrisa que no parecía mostrar alegría sino una notoria satisfacción.

Las persianas no dejaban filtrar ni una sola partícula de la luz del exterior pero reflejaban perfectamente la tenue luz que había en todo el corredor y generaba un ambiente de alta luminosidad, eran bastante pesadas para separarlas, y recordaban bastante a las de su hogar. En ese momento su mente solo podía pensar en el terror que sentía al pensar que aquellas personas deseasen que se suicidara, un pequeño pensamiento logró infiltrarse, se preguntaba cuándo fue la última vez que había dejado su cubículo para divagar mientras se bañaba de sol, no lograba ver en su mente un momento en que el astro rey relampagueaba en sus ojos, tal vez a causa del miedo que dominaba casi todo su ser. No tuvo mucho tiempo a intentar recordarlo, el pensamiento fue dominado por el horror. Las  personas del ascensor seguían inmutables, le espantaban y cuando pudo recuperar algo de control sobre su cuerpo se decidió a no complacer sus deseos, tomó por asalto la salida de seguridad y corrió escaleras abajo. Los hombres ya no sonreían más, estaban bastante decepcionados.

Corrió sin descanso alguno por las escaleras, en más de una ocasión tropezó y creyó que caería rodando hasta llegar al sótano, pero con un poco de suerte y sus reflejos agudizados por el miedo siempre se mantuvo en pie y no detuvo su paso ni un segundo hasta estar en el último tramo de escaleras, se encontró con la última puerta de todo su camino no había ningún otro lugar al que correr, se tomó un momento para recuperar el aliento y luego empujó con fuerza la puerta, un fuerte resplandor hizo que arrugara sus ojos y notase lo oscuras que eran las escaleras en relación al vestíbulo; Cuando recuperó la vista se encontró que frente a sus ojos se levantaban trece cuerpos inmóviles con mirada perdida, pero fija sobre su cuerpo jadeante y cansado. Creía que no podía sentir más miedo del que ya sentía, pero estaba equivocado, empezó a notar como si sus piernas se empiezan a derretir y su cuerpo empezara a perder el equilibrio que tan bien había conservado mientras tenía su maratón por las escaleras. No tenía idea alguna que hacer, su cuerpo ahora sí, y más de lo que jamás había estado en toda su vida estaba entregado al miedo. Con todas sus fuerzas y el poco instinto de supervivencia que por algún motivo aún no le había abandonado pensó en a dónde podría ir para salvar su vida, ir nuevamente por las escaleras era un absurdo pues estaba demasiado cansado ya y tenía completa seguridad que se encontraría con ellos allí a donde fuese; empezó a preguntarse —¿Por qué querían que muriera?— Su boca estaba seca en su totalidad y sus labios se sentían tan pesados que la sola idea de intentar gritar se le vislumbra imposible, además —¿Quién escucharía sus gritos si no lograba notar que alguien transita la calle tras las puertas de cristal?.

Empezó a sentir que la habitación se encogía a sus alrededor y veía a sus perseguidores más cerca con cada bocanada de aire que tomaba en un momento que no pudo controlar más su equilibrio dio un paso al costado y tras suyo la puerta de la salida de seguridad se cerró con fuerza, no lucharía con ella, sabía bien que era un sinsentido pues solo se abría desde dentro. Todos seguían tan quietos como si estuviesen petrificados, su respiración parecía debilitarse, la habitación se encogía más y más. El aire empezó a faltarle aunque tomaba grandes suspiros por su maratónica e inútil huida, era como si el oxígeno que había en la habitación empezase a escaparse por las rendijas de la ventilación. El pánico se abría paso por todo su cuerpo y empezaba a inmovilizarlo totalmente, giró sus ojos en dirección a la a gran puerta doble de cristal opaco que lo separaba de la avenida, no podía mover la cabeza y tuvo la seguridad que si intentase echar a correr solo le serviría para darse cuenta de lo muy adheridos que estaban sus pies a la alfombra, logró ubicar sus ojos en los observadores y una nueva sensación le golpeo el cuerpo, empezaba a ver como si vibrase, la vista le engañaba pues era obvio que aún seguían inmóviles pero su mente se empezaba a perder frente al miedo. Vio como abrían la boca como si estuviesen a punto de gritar pero ni su lengua se movió un milímetro ni se escapó ningún tipo de sonido de sus bocas solo seguía aumentando esa sensación de verlos vibrar cada vez más.

Antes que el último gramo de control de su cuerpo le abandonará emprendió una carrera que le pareció la acción más difícil de toda su existencia pues la tensión que notaba en sus músculos al levantar sus pies del suelo era tanta al punto de generarle dolor, pero esto no le impidió seguir con el que consideraba su último intento de huida mientras su vista se nublaba aún más. La puerta parecía alejarse cada vez que avanzaba, aunque el recorrer esos pocos metros le pareció que le había tomado horas, dejó caer su cuerpo contra la puerta que se abrió con dificultad por la poca fuerza del impacto. Cayó directamente boca abajo contra el asfalto y como pudo giró su cuerpo para encontrarse con una calle vacía y cuando llego a estar boca arriba observar que en vez del firmamento que esperaba encontrar sólo había una cantidad infinita de gruesos cables que lo cubrían todo y mantenían a la ciudad sumergida en la más absoluta oscuridad, solo alumbrada por las farolas de la calle que en ese momento empezaba a comprender que eran la única fuente de luz en aquella ciudad en donde todo estaba conectado, lo que alguna vez llamó sol sólo fueron imágenes proyectadas en una pantalla que también estaba unida a la red. Había perdido el control total sobre su cuerpo a tal punto que no podía siquiera cerrar su ojos para dejar de ver tan horrorosa escena que le empezaba ayudar a comprender todos sus cuestionamientos pasados sólo eran una falla en la gran maquinaria que era su ciudad, todo esto empezó a ser totalmente comprensible cuando su vista se llenó de estática y podía escuchar los chispazos de un circuito eléctrico que se arruina dentro de su cabeza y supo de forma inconfundible que él era sólo una pieza más de ese sistema, una ficha simplemente reemplazable por otra cuando un vehículo que no poseía iluminación, ventanas o identificación alguna pasó sobre él y empezó a desmembrar sistemáticamente cada una de sus partes hasta apagarse por completo.

Ilustración por: Feral Frost

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